Ana y Juan

Ana se rasca la cabeza y se consume en un abismo de ideas desesperadas mientras echa un vistazo a la cena que se cocina en el horno.

Pronto Juan, preguntará si está a tiempo de darse una ducha antes de cenar,  Ana responderá que si, y pondrá el fuego en mínimo.

Juan se quedará bajo la ducha de manos contra la pared deseando que el agua arrastre su desgano.

 

Cenarán callados hasta que el silencio ensordezca, entonces Juan hará un comentario acerca de la oficina, Ana elegirá su mejor gesto de atención y ahogará un bostezo anulando el sonido del final del relato por lo que tomará el vaso y beberá agua evadiendo la respuesta.

Juan esperará que Ana comience a recoger la mesa para ponerse de pie y retirar las copas con las que caminará hacia la cocina para luego ganar el corredor que acaba en el dormitorio.

Una noche gemela de otras noches…dormirán espalda con espalda y despertarán al día siguiente más cansados.

 

Ella pasará horas frente al espejo buscando a la niña detrás esa mujer que la observa y él, esa tarde irá a un bar antes de regresar.

 

 

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Reflexión

Hoy me detuve a analizar ciertos comportamientos …

Así como muchos de los que pasan por este blog, yo, también soy una persona que dedica más tiempo del aconsejado o saludable a este medio.

Algunos por más otros por menos, puedo afirmar que el común denominador que nos reúne es el fracaso en las relaciones que requieren del encuentro físico entre los seres humanos.

Por mi parte, alego en mi defensa que me resulta más sencillo escribir que decir muchas cosas y que si bien tengo un universo virtual de seres con los que comparto varias horas al día; así también asumo y cumplo con los reclamos de aquellos individuos tangibles con los que trabé relación por los medios convencionales.

No puedo negar por tanto la practicidad y la economía que ofrecen todos los medios de relación virtual en oposición al gasto calórico que requiere un acto de presencia real en cualquier ámbito.

Entonces la red nos dá: practicidad, confidencialidad, alcance ilimitado…

Nos permite escribir en imprenta –como quien dice gritar a los cuatro vientos- lo que estamos haciendo, haciéndonos creer que a otro le importa por el simple hecho de que ése nos responde con la única intención de mostrarnos que se encuentra ahí.

Entonces nos encontramos en medio de una batalla de egos.

Por ende, ¿quien está más jodido?

Quien se jacta de su desempeño sexual en un estado de facebook o los 5 que le dan click a la opción “me gusta” por debajo?

Es realmente un concientizador social aquel que comunica por twitter que se necesitan dadores de sangre para x?

Entiendo claro que esta “relidad” alternativa seduce con innumerables atributos.

¿Que no daríamos por la opción de bloquear a aquella persona con la que no queremos cruzarnos en la vida real?

De agregar a alguien como amigo con solo presionar un botón.

De ser considerado líder -como por un grupo de usuarios de alguna aplicación web-

Por otro lado en lugar de aprovechar estos y otros tantos beneficios en pos de nuestro desarrollo como personas en todos los niveles, vamos en detrimento de lo poco que nos queda de humanos.

Claro que en cualquiera de estas redes, somos todos iguales, nuestra imagen tiene las mismas dimensiones que la de cualquiera, nuestro espacio es exactamente el mismo que el de otro, acepto sin leer un contrato que me dice que tengo los mismos derechos y obligaciones que todos.

Utópico…

Sin embargo la impunidad reina, la palabra autorizada de cualquiera, la facilidad para herir…

Se mezcla quien promulga su libro con quien cuenta que tiene calor y se acaba de desnudar frente a la Pc.

El sexo es protagonista.

Las mujeres más populares son aquellas que lanzan improperios, que poseen una foto sugerente o bien explícita de alguna parte de su cuerpo y se comportan con los señores con mayor masculinidad que ellos mismos.

Los hombres más populares son aquellos que no revelan su identidad y utilizan el espacio del que disponen para hacer comentarios sexuales absurdos mezcla de chiste con morbo y perversión en múltiples sentidos.

Y acá no me detengo a hacer juicio moral –muy lejos de mi-, incluso no me genera otra opinión que la de que se trata de algo ridículamente divertido.

Simplemente lo planteo porque no termino de formar una idea firme, de esas que me gustan, de esas que vale la pena defender.

Pero si quiero dejar en claro que me sigue conmoviendo de las personas la sensibilidad, los actos que creo desinteresados, la solidaridad verdadera, la amabilidad, la delicadeza, la belleza en cualquiera de sus expresiones.

Sigo apuntando al humilde, al que reconoce sus defectos sin enumerarlos, al que se acerca en busca de compañía, al que tiene algo para enseñar, al que es grande más que nada por el hecho de ignorarlo.

Hoy tenemos todo esto para hacer algo o para arruinar lo hecho hasta acá. Yo todavía creo en las personas, no nos quedemos

vayamos por más!

Miedo

A equivocarme…otra vez.

A la soledad.

 A la multitud.

A tener ganas de escapar.

A sufrir.

A hacer sufrir.

A no entender.

A no saber.

A sentir.

A no ver.

A perder.

A retroceder.

A amar.

A envejecer.

A llorar.

A esperar siempre.

A dar.

A odiar.

A no tener.

A olvidar.

Miedo al final…. y a todos los principios.

Miedo a vivir.

Ahora

Todo es confuso

¿Dónde quedó mi seguridad?

 Una semana sin verte y empieza a doler tanto, de pronto tengo más lágrimas empujándome los ojos que las que tuve nunca. Pero no lloro, mantengo eso…

Siempre salimos de todas juntos, me dijiste,

¿salimos?

Y no pude mirarte a los ojos.

Siento tanto haber hecho de cuenta que estaba a tu lado.

Y que te hayas conformado con eso…

Me duele amarte y que no me alcance para besarte

y que se haya hecho un espacio entre nosotros…un espacio vacío.

Me preguntaste si era lo que quería…

Y me ayudaste a dejarte, cómo me ayudaste siempre en todo…

Hoy los recuerdos me desgarran, siento tu ausencia y pesa…hoy entiendo lo que te hice.

Todavía podes ser felíz, lo merecés, lo necesitás…no puedo hacerte felíz,

¿no ves que te sigo lastimando?

Cuanto más si me quedo.

Fe de erratas

Me equivoco mucho.

Me confundo la zurda con la derecha.

Me equivoco cuando escribo,

cuando hablo.

Me equivoco al decir sin pensar,

al pensar sin decir.

A veces me equivoco al pensar que estoy equivocada

Me equivoco cuando creo que algo es muy difícil,

o muy sencillo.

Me confundo con la luz verde y cruzo,

con el cambio, con el vuelto…

A veces me equivoco con vos,

otras conmigo.

Me equivoco al elegir el camino más largo,

o al querer cortar camino.

Me confundo de llave, cierro la caliente y me congelo

o lo contrario y me quemo.

Me equivoco en mis juicios,

en mis absoluciones.

Me equivoco de oído,

de voz y de voto.

Sobretodo me equivoco al creer que de tanto equivocarme,

un día por error,

acabaré acertando.

Erase una vez

Corrían los años 90 y yo con un vestido bobo blanco(el grito de la moda por aquellas épocas), volvía a sentarme en la puerta del negocio de repuestos del automotor de la esquina de 41 y 17 frente al balcón de la casa de Andrés, volvía digo, porque hacía unas tardes, muchas más noches e incontables palpitaciones, el acto de salir a jugar a la vereda con mi amiga Jimena se había convertido en el ritual de apostarme frente a la casa de ese caballero rubio de 12 años que se había mudado al barrio y me había robado el sueño.

Si señor, ahí estaba yo, enamorada.

Sucedió un verano y de improviso, todos los chicos de la barra -como nos autoproclamamos-, nos juntábamos en la puerta de “somar” una casa de telas que colocaba todos los rollos de lonas y hules en la vereda de manera tan estratégica que bastaba que uno de nosotros riera demasiado fuerte, para que todos esos tubos rodaran por las baldosas y la señora Sómar (cómo le decíamos y sospéchese el motivo) saliera a gritarnos que desapareciéramos del lugar.

Como decía, sucedió un verano, en ese sitio, cuando Natalia, pseudo líder del grupo femenino y prima de los Dúo, advirtió la llegada de esos dos muchachitos arios que venían cruzando la calle en dirección a nosotros y se dio a la tarea de presentarlos: -ellos son “Andrés” y Federico García son hermanos, sobrinos de Lydia, se mudaron al barrio y viven arriba del negocio.

Lydia tenía y sigue teniendo una tienda de ropa en la esquina opuesta a la casa de repuestos.

Resultó pues, que lejos de comportarse como dos nuevos integrantes del clan y prestarse a la clásica paga del derecho de piso, estos hermanitos astutos, tomaron la batuta, con sus melenas platinadas, sus movimientos hábiles, sus comentarios elocuentes y su más descabellada y hasta a veces escatológica forma de hacer gracia, “ganaron por afano” (por decirlo en idioma: pibe de barrio) el respeto de la platea masculina y los suspiros de las damitas presentes.

Andrés tenía 12 años y Federico 9, cosa extraña y paralela era que mi hermana tuviera 9 y yo 10 para 11 como decía mi abuela y que casualmente los cuatro nos habíamos percatado de nuestras existencias entre la multitud de rodillas raspadas, semillitas de girasol y bicis cross de los más de 20 pibitos que éramos.

Por aquellos días el bando femenino, presidido como dije antes por Natalia, estaba formado por: Celeste, Marisol, Daniela, Juliana, Shael a veces, mi hermana, mi amiga Jimena “La China” (que más tarde en el tiempo, obsequiaré a mi hermana y ella se encargará de perder por su bien, aunque eso lo contaré en otro capítulo) y yo.

El masculino más numeroso, encabezado por Pino, se dividía en subgrupos por diferencias de edad de la siguiente manera: Hernán, Walter “el pipa”, Mario y Diego “el oreja” eran los grandes (teniendo por mayores a los que superaban los 13 años claro está) Gonzalo quedaba al medio y se debatía entre el grupo de los mayores y de los muy menores donde se ubicaban Ulises, hermano de Mario, Emmanuel, hermano de Shael, mi hermano Mauro, otro Mauro hermano de Juliana y dos que hacían su aparición esporádica y dábamos por llamar “los pigmeos” por imaginables dimensiones corporales –años más tarde harían su ingreso triunfal otro par de hermanos con los que me guardo algunas historias para relatarles en el futuro-

Los días de trepadas al árbol de la esquina para arrancar coquitos habían terminado para mi, me vi de pronto eligiendo que ropa llevar en esas sagradas siestas primaverales en lugar de salir con la clásica calza negra fea de la raya fucsia, que no apretaba y que me había regalado mi tía Elvira. De un día para otro se me dio por los vestidos, las polleras de volados, por sentarme y cruzar las piernas, por llevar ridícula e incómodamente todo mi cabello hacia un costado y por torturar a mi amiga Jimena y obligarla a seguirme en la delicada tarea de dar tantas vueltas a la manzana como fuesen necesarias para chocarme con Andrés.

La cosa es que nunca lo choqué cuando me dispuse a hacerlo, nunca salió de su casa cuando en mi mejor pose y desde el negocio de enfrente lo esperaba expectante y acalambrada. No, siempre me sorprendió él y en las situaciones más incómodas, asomada a la ventana con un buzo espantoso o sentada en la vereda de mi casa jugando con “barbies” que inútilmente intente sostener junto a mi omóplato, luciendo un conjunto de dos piezas (pollera marinera y top) en color fucsia (demasiado fucsia en mi vida) decorado con lo que, si no mal lo recuerdo, eran pequeñas locomotoras a vapor y debía su confección a las manos de Nanni, una amiga costurera de mi mamá y para quien, ella misma, mi progenitora, había comprado el trozo de género de diseño exclusivo a tal fin.

Lo bueno, o malo del asunto, era que si bien Andrés, no me encontraba en las mejores condiciones, de todas maneras intentaba acercarse y entablar algún tipo de relación verbal con esa bola de nervios en la que me convertía cuando eran centímetros los que me separaban del sujeto de mi desvelo. Tal es así que cuando me vio en la ventana me llamó Julieta o cuando me vio intentando esconder la muñeca me invitó a una fiesta que daba para sus compañeros del 1er año de “secundario” en su casa y a la que por supuesto no asistíría ni bajo técnicas de hipnosis. Porque como he aclarado con anterioridad, yo era una nena rara, a esta altura ya, una preadolescente rara.

Lo mio era estar enamorada, y digo lo mio como “mi onda” en esos días, mi estilo, no quería compartirlo ¿se entiende?, ni siquiera con él.

Ponía si, algunos requisitos, tales como: Cruzarlo al menos una vez a la semana, que me viera si dios y la virgen intervenían desde su ventana cuando cruzaba las piernas con Jimena frente a su casa, o enterarme por alguna chusma del barrio que había dicho tal o cual cosa de mí; pero nada más.

Me pasaba el día dibujando corazones en mi diario, no dormía por las noches y lo buscaba por todas las calles del barrio incluso cuando viajaba en colectivo o en taxi y a kilómetros de distancia.

Me alcanzaba con verlo, con saber de su existencia y que el supiera de mi, no necesitaba más y sin embargo sufría, era amor en su forma más pura. Inocente y desinteresado.

Una tarde, mientras hacía los mandados, me encontré con Ulises en la puerta de Somar, me dijo que si esa noche iba a hacer compras a lo de Liliana (la almacenera) me iba a esperar para hablarme de algo importante, algo que tenía que ver con mi hermana (a Ulises le gustaba mi hermana, fue incluso su primer novio, durante 5 minutos y sin beso, pero primero al fin) le dije que si, que seguro mi mamá me mandaría antes de las 8 a comprar algo y me despedí con un: nos vemos.

Esa misma noche, sin decir nada, como cómplice de una historia que ponía condimentos a ese verano que empezaba, me encaminé con intriga y la canasta de los mandados a lo de Liliana, media cuadra antes de llegar divisé la figura de un muchachito aguardando y aceleré la marcha…en este momento todos los recuerdos se agitan en mi cabeza como se agitó mi corazón de 10 años esa noche, a metros de cruzar la calle que me separaba del almacén pude por fin notar que no era Ulises quien me estaba esperando…sino Andrés.

Como describir lo que sentí en ese momento si no lo entendí allí ni más tarde esa noche y mucho menos después. Se que me paralicé, y solté la canasta, una mezcla de dolor, sensación de engaño y traición y ese disparo de adrenalina que te obliga a correr y correr sin respirar.

¿Me había visto?

-Dios que no me haya visto.

No estaba lista.

¿Por qué? esa necesidad de provocar las cosas

y si ¿Ulises estaba con él y no lo vi?

¿Qué hice? ¿Por qué corrí?

Preguntas como esas y otras miles daban vueltas en mi cabeza y en mi estómago a punto de vomitar. Llegué a casa llorando desconsolada, gritando contando todo a una velocidad indescriptible seguí corriendo directo al baño a tirarme en el piso contra la puerta a patear el pie del lavatorio.

Nadie me entendió por supuesto, yo no me entendía, uno a uno mis familiares llamaban a la puerta del baño y yo pedía que me dejen, que me tragase el suelo.

De pronto otra voz llamaba a la puerta del baño, una inconfundible, la última que quería oír – Ro, abrime ¿podemos hablar?

De las mil y un palabras que pude responder, grité las cuatro peores: Andate, dejame en Paz!

Y asi fue…se fue y no volví a saber de él, se volvió a mudar.

Los García hicieron un parada corta por el barrio de La Loma y siguieron su rumbo quien sabe a donde.

Los recuerdos son tan nítidos en mi memoria como si el tiempo se hubiese congelado y en algún lugar, en otra dimensión aun estoy ahí, en ese baño, llorando desconsolada con 10 años y el corazón roto, por primera vez no intento saber porqué hice lo que hice, por única vez me dejo en paz yo.

Hoy me río y recuerdo con ternura, no volví a amar tan  irracionalmente. Hay cosas que son propias de los chicos y que solo ellos entienden.

?

¿Cómo ensuciar el blanco de esta página con un puñado de palabras que todavía no se ordenan en mi cabeza? y se amontonan y empujan como si hubieran estado atrapadas luchando por salir y sin pensar ni mirar el teclado corren por mis brazos como hormigas hasta salir por mis dedos.

¿Que puedo decir? ¿Tengo algo para comunicar? ¿Para enseñar? No lo creo, y sin embargo necesito, deseo sentarme a escribir, quizá tan solo para leerme, para verme en una colección de horizontales filas de palabras, para buscarme ahí dentro…

¿Quien soy? ¿Qué soy?

Mujer según dice mi libreta sanitaria, mis ciclos hormonales, mi anatomía…, adulto según cronología, de estado civil casada; según los astros, capricornio, según los chinos cabra,  pareja de mi pareja, hija para mis padres, hermana por mis hermanos, amiga, compañera, simple conocida, una completa extraña…

Una sed que no se calma con el agua, un miedo a no tener miedo de nada, a no “Sentir” me cae sobre los hombros de repente y me vuelvo invisible, y el horizonte se acerca cuando camino, ¿Cuándo se acabó la sorpresa?¿Qué paso de mi : “Elige tu propia aventura” me alejó del mejor final? ¿Por qué pienso en un final?

Hoy me ahogo en un millón de preguntas sin respuesta, y en millones de respuestas a preguntas que no me hago y debería.

Y me quemo los ojos por mirar al sol de frente, por buscar detrás de las búsquedas, por negar lo innegable.

Sin darme cuenta me encontré en la cima de la montaña que ayer miraba desde abajo llena de expectativas y no siento vértigo, ni frío, ni el viento me despeina, ni se ve mejor desde arriba. ¿Será que debo subir más alto?, ¿Será que me equivoqué de montaña?, o tal vez no hay montaña y no hay ni arriba ni abajo…

Mientras tanto sigo caminando en círculos, que es mejor que detenerse (o al menos elijo pensar eso) y la vida me ocurre como suelen ocurrir las cosas…