Erase una vez

Corrían los años 90 y yo con un vestido bobo blanco(el grito de la moda por aquellas épocas), volvía a sentarme en la puerta del negocio de repuestos del automotor de la esquina de 41 y 17 frente al balcón de la casa de Andrés, volvía digo, porque hacía unas tardes, muchas más noches e incontables palpitaciones, el acto de salir a jugar a la vereda con mi amiga Jimena se había convertido en el ritual de apostarme frente a la casa de ese caballero rubio de 12 años que se había mudado al barrio y me había robado el sueño.

Si señor, ahí estaba yo, enamorada.

Sucedió un verano y de improviso, todos los chicos de la barra -como nos autoproclamamos-, nos juntábamos en la puerta de “somar” una casa de telas que colocaba todos los rollos de lonas y hules en la vereda de manera tan estratégica que bastaba que uno de nosotros riera demasiado fuerte, para que todos esos tubos rodaran por las baldosas y la señora Sómar (cómo le decíamos y sospéchese el motivo) saliera a gritarnos que desapareciéramos del lugar.

Como decía, sucedió un verano, en ese sitio, cuando Natalia, pseudo líder del grupo femenino y prima de los Dúo, advirtió la llegada de esos dos muchachitos arios que venían cruzando la calle en dirección a nosotros y se dio a la tarea de presentarlos: -ellos son “Andrés” y Federico García son hermanos, sobrinos de Lydia, se mudaron al barrio y viven arriba del negocio.

Lydia tenía y sigue teniendo una tienda de ropa en la esquina opuesta a la casa de repuestos.

Resultó pues, que lejos de comportarse como dos nuevos integrantes del clan y prestarse a la clásica paga del derecho de piso, estos hermanitos astutos, tomaron la batuta, con sus melenas platinadas, sus movimientos hábiles, sus comentarios elocuentes y su más descabellada y hasta a veces escatológica forma de hacer gracia, “ganaron por afano” (por decirlo en idioma: pibe de barrio) el respeto de la platea masculina y los suspiros de las damitas presentes.

Andrés tenía 12 años y Federico 9, cosa extraña y paralela era que mi hermana tuviera 9 y yo 10 para 11 como decía mi abuela y que casualmente los cuatro nos habíamos percatado de nuestras existencias entre la multitud de rodillas raspadas, semillitas de girasol y bicis cross de los más de 20 pibitos que éramos.

Por aquellos días el bando femenino, presidido como dije antes por Natalia, estaba formado por: Celeste, Marisol, Daniela, Juliana, Shael a veces, mi hermana, mi amiga Jimena “La China” (que más tarde en el tiempo, obsequiaré a mi hermana y ella se encargará de perder por su bien, aunque eso lo contaré en otro capítulo) y yo.

El masculino más numeroso, encabezado por Pino, se dividía en subgrupos por diferencias de edad de la siguiente manera: Hernán, Walter “el pipa”, Mario y Diego “el oreja” eran los grandes (teniendo por mayores a los que superaban los 13 años claro está) Gonzalo quedaba al medio y se debatía entre el grupo de los mayores y de los muy menores donde se ubicaban Ulises, hermano de Mario, Emmanuel, hermano de Shael, mi hermano Mauro, otro Mauro hermano de Juliana y dos que hacían su aparición esporádica y dábamos por llamar “los pigmeos” por imaginables dimensiones corporales –años más tarde harían su ingreso triunfal otro par de hermanos con los que me guardo algunas historias para relatarles en el futuro-

Los días de trepadas al árbol de la esquina para arrancar coquitos habían terminado para mi, me vi de pronto eligiendo que ropa llevar en esas sagradas siestas primaverales en lugar de salir con la clásica calza negra fea de la raya fucsia, que no apretaba y que me había regalado mi tía Elvira. De un día para otro se me dio por los vestidos, las polleras de volados, por sentarme y cruzar las piernas, por llevar ridícula e incómodamente todo mi cabello hacia un costado y por torturar a mi amiga Jimena y obligarla a seguirme en la delicada tarea de dar tantas vueltas a la manzana como fuesen necesarias para chocarme con Andrés.

La cosa es que nunca lo choqué cuando me dispuse a hacerlo, nunca salió de su casa cuando en mi mejor pose y desde el negocio de enfrente lo esperaba expectante y acalambrada. No, siempre me sorprendió él y en las situaciones más incómodas, asomada a la ventana con un buzo espantoso o sentada en la vereda de mi casa jugando con “barbies” que inútilmente intente sostener junto a mi omóplato, luciendo un conjunto de dos piezas (pollera marinera y top) en color fucsia (demasiado fucsia en mi vida) decorado con lo que, si no mal lo recuerdo, eran pequeñas locomotoras a vapor y debía su confección a las manos de Nanni, una amiga costurera de mi mamá y para quien, ella misma, mi progenitora, había comprado el trozo de género de diseño exclusivo a tal fin.

Lo bueno, o malo del asunto, era que si bien Andrés, no me encontraba en las mejores condiciones, de todas maneras intentaba acercarse y entablar algún tipo de relación verbal con esa bola de nervios en la que me convertía cuando eran centímetros los que me separaban del sujeto de mi desvelo. Tal es así que cuando me vio en la ventana me llamó Julieta o cuando me vio intentando esconder la muñeca me invitó a una fiesta que daba para sus compañeros del 1er año de “secundario” en su casa y a la que por supuesto no asistíría ni bajo técnicas de hipnosis. Porque como he aclarado con anterioridad, yo era una nena rara, a esta altura ya, una preadolescente rara.

Lo mio era estar enamorada, y digo lo mio como “mi onda” en esos días, mi estilo, no quería compartirlo ¿se entiende?, ni siquiera con él.

Ponía si, algunos requisitos, tales como: Cruzarlo al menos una vez a la semana, que me viera si dios y la virgen intervenían desde su ventana cuando cruzaba las piernas con Jimena frente a su casa, o enterarme por alguna chusma del barrio que había dicho tal o cual cosa de mí; pero nada más.

Me pasaba el día dibujando corazones en mi diario, no dormía por las noches y lo buscaba por todas las calles del barrio incluso cuando viajaba en colectivo o en taxi y a kilómetros de distancia.

Me alcanzaba con verlo, con saber de su existencia y que el supiera de mi, no necesitaba más y sin embargo sufría, era amor en su forma más pura. Inocente y desinteresado.

Una tarde, mientras hacía los mandados, me encontré con Ulises en la puerta de Somar, me dijo que si esa noche iba a hacer compras a lo de Liliana (la almacenera) me iba a esperar para hablarme de algo importante, algo que tenía que ver con mi hermana (a Ulises le gustaba mi hermana, fue incluso su primer novio, durante 5 minutos y sin beso, pero primero al fin) le dije que si, que seguro mi mamá me mandaría antes de las 8 a comprar algo y me despedí con un: nos vemos.

Esa misma noche, sin decir nada, como cómplice de una historia que ponía condimentos a ese verano que empezaba, me encaminé con intriga y la canasta de los mandados a lo de Liliana, media cuadra antes de llegar divisé la figura de un muchachito aguardando y aceleré la marcha…en este momento todos los recuerdos se agitan en mi cabeza como se agitó mi corazón de 10 años esa noche, a metros de cruzar la calle que me separaba del almacén pude por fin notar que no era Ulises quien me estaba esperando…sino Andrés.

Como describir lo que sentí en ese momento si no lo entendí allí ni más tarde esa noche y mucho menos después. Se que me paralicé, y solté la canasta, una mezcla de dolor, sensación de engaño y traición y ese disparo de adrenalina que te obliga a correr y correr sin respirar.

¿Me había visto?

-Dios que no me haya visto.

No estaba lista.

¿Por qué? esa necesidad de provocar las cosas

y si ¿Ulises estaba con él y no lo vi?

¿Qué hice? ¿Por qué corrí?

Preguntas como esas y otras miles daban vueltas en mi cabeza y en mi estómago a punto de vomitar. Llegué a casa llorando desconsolada, gritando contando todo a una velocidad indescriptible seguí corriendo directo al baño a tirarme en el piso contra la puerta a patear el pie del lavatorio.

Nadie me entendió por supuesto, yo no me entendía, uno a uno mis familiares llamaban a la puerta del baño y yo pedía que me dejen, que me tragase el suelo.

De pronto otra voz llamaba a la puerta del baño, una inconfundible, la última que quería oír – Ro, abrime ¿podemos hablar?

De las mil y un palabras que pude responder, grité las cuatro peores: Andate, dejame en Paz!

Y asi fue…se fue y no volví a saber de él, se volvió a mudar.

Los García hicieron un parada corta por el barrio de La Loma y siguieron su rumbo quien sabe a donde.

Los recuerdos son tan nítidos en mi memoria como si el tiempo se hubiese congelado y en algún lugar, en otra dimensión aun estoy ahí, en ese baño, llorando desconsolada con 10 años y el corazón roto, por primera vez no intento saber porqué hice lo que hice, por única vez me dejo en paz yo.

Hoy me río y recuerdo con ternura, no volví a amar tan  irracionalmente. Hay cosas que son propias de los chicos y que solo ellos entienden.

Con la nariz del alma

Olor a café

A tierra mojada

El olor de las heladerías

El de mi casa

El aliento de los bebes

El olor a nuevo

El olor a Tilo de mi ciudad

El de los cines

La pomada para zapatos

El olor del mar

Olor a leña encendida

El olor a tostadas en la mañana

El olor de los libros viejos

El del vino

El olor de la higuera de mi abuela Manuela

El de los corazoncitos “Dorins”

El olor a madera

El olor a espuma de carnaval

El de la ropa secada al sol

El olor de la plastilina

El de las estaciones de servicio

Tu olor en la almohada

El de los chocolates con menta

El de la flor de azahar

El olor del esmalte de uñas

El de la cocina de mi abuela Elba

El olor del dulce de leche

El olor a infancia…

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